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Crónica Trekking El Mirador

Trekking – El Mirador – por: Marlon Iboy

Guatemala 29 Ene, 2020

CINCO DÍAS EN LOS DOMINIOS DE BALAM

-Crónica-

Carmelita, una aldea rural en las profundidades de la selva maya, al norte de Petén, nos recibió la tarde del lunes 16 de diciembre pasado. Organizados en una cooperativa, los pobladores brindan la logística de alimentación y hospedaje al turismo de aventura.

Nuestro objetivo era conocer las ruinas del Mirador, uno de los grandes descubrimientos de la arqueología moderna, realizando una caminata de 96 kilómetros. Raúl, guía de la agencia Chilero Viajar, Héctor, Víctor, Amanda y yo, éramos los entusiastas exploradores que se preciaban de excelente condición física y mucha voluntad.

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– Trekking El Mirador –

A las 4 de la tarde, un cruce abrupto del picop todoterreno, propiedad de la cooperativa, que nos transportaba nos internó en la selva. Los gritos estridentes de una bandada de pericos en lo alto parecieron una bienvenida. El contacto frontal con la naturaleza salvaje había empezado.

El tortuoso sendero entre la palazón de todo tamaño nos exigió esquivar ramas y bejucos que amenazaban nuestra humanidad. No salimos ilesos, Héctor sufrió una herida leve en la mano provocada por un palo espinoso y varias veces las llantas nos arrojaron lodo. La selva avisaba que ese no era un paseo rosa y nos imponía la concentración como requisito de sobrevivencia. Intacta sí salió nuestra actitud, escuchando las referencias y anécdotas de Ambrosio, un guía local. “Ese se llama sol de mico” exclamó señalando los rayos dorados tenues del sol que se posaban ya solo en la copa de los árboles.

En el crepúsculo, llegamos al campamento del Tintal. Este lugar es un claro en medio de la espesura forestal donde hay dos construcciones de tablas y palma para los guardabosques y dos galeras de buen tamaño usadas como cocina y comedor y donde se iluminan con energía solar.

A los lados hay tres improvisados toldos de vinyl que a su vez albergan tiendas de campaña individuales. Aquí conocimos a Juan Carlos, otro guía local que acompañaría al grupo y quien nos asignó a cada uno un lugar para dormir.

Estábamos en un sitio donde hace 4,600 años los habitantes ya conocían el fuego, consumían maíz y recolectaban agua de lluvia en tanques llamados aguadas. A propósito de agua, aunque al decir Petén se piense en los caudalosos ríos Usumacinta y La Pasión, en la ruta de Carmelita al Mirador no corre ni un riachuelo, por lo cual la mayor parte del vital líquido se transporta en mula desde Carmelita.

Una cubeta de agua para bañarse o una taza de café son entonces bienes para valorar mucho.

Después de la cena, alumbrados con linternas de cabeza, nos dirigimos a la pirámide de Heunequen. En el camino, de unas cinco cuadras, nos cruzamos con filas indias de zompopos y gatos de monte saltando sobre la hojarasca.

Al final de unas escalinatas que se suben con relativa facilidad, un cielo despejado y un horizonte redondo fueron un premio para la vista y el espíritu. Parados allí arriba sobre piedras milenarias, pensé en la insignificancia de nuestra especie ante la inmensidad del tiempo y el espacio, que somos simples átomos que se encienden y se apagan en solo un segundo cósmico…

Una hora después, con el potente rugido de los monos saraguates y el concierto de grillos como fondo, cerrábamos la cremallera de nuestra carpa dispuestos a dormir.

El alba del martes nos encontró ya desayunados y caminando montaña adentro hacia el Mirador.
Juan Carlos recordó la acostumbrada alerta en los montes: “fíjense donde se paran”. Porque las serpientes pueden encontrarse en el sendero. Y vaya que las hay en abundancia en esta región.

Llevábamos peso ligero, casi solo nuestra propia hidratación y bastones de caminata. Justo es reconocer el importante papel de las mulas que, a cargo de un arriero, llevan nuestro equipaje más pesado en avanzada. Con rigor histórico, hace cien años, sin carretera a la capital, estos animales fueron determinantes en la dinámica comercial del lejano y exuberante Petén: extracción de maderas preciosas, chicle y pieles de lagarto.

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La ruta era un caminito serpenteante y estrecho entre bejucos, vegetación pequeña y altos arboles de chicozapote y de ramón. La selva se miraba impenetrable por partes. Al filo de las once, ya con algunas señales de cansancio, llegamos a la cabaña de guardabosques del Conap y tomamos un almuerzo liviano.

Poco después del reinicio aparecieron los primeros monos araña en las alturas y los observamos varios minutos. Ciertamente, la Reserva de la Biosfera Maya es considerada un importante refugio de biodiversidad y uno de los pocos pulmones del planeta.

 

El calor propio de las tierras bajas era sensible. Estábamos a 28 grados, según Víctor. Recibíamos el sol, pero sorpresivamente cayeron algunas gotas de agua por una nube que pasaba encima. “Son miados de viejita”, dijo Ambrosio, peculiar nombre que causó risas.

Pasamos por la Pirámide de La Culebra, cuyos alrededores presentan saqueos arqueológicos ocurridos en los ochentas, según nos explicó Juan Carlos. Y conforme el paso de las horas el cansancio empezaba a inquietarnos. Con razón, nueve horas de caminata en clima caliente ya es esfuerzo físico importante para cualquiera.

A las tres de la tarde llegamos al campamento del Mirador, otro claro de selva donde hay cuatro cubiertas de nylon de unos 5 por 10 metros cada una que alojan a las tiendas de campaña, además de una galera grande para cocina y comedor. También hay presencia del Instituto de Antropología e Historia de Guatemala en construcciones más formales, aunque separadas por un patio como de medio campo de futbol donde amarran mulas y que antes fue helipuerto.

 

El Mirador fue una ciudad, cuna de la civilización Maya, construida en el año 800 a.C. y sus ruinas prueban obras de ingeniería asombrosas para su tiempo.

Tras un rato observando pavos salvajes en los alrededores el grupo caminó hacia la pirámide de El Tigre para ver el atardecer. Veinte minutos después disfrutábamos desde su cima la majestuosa cobertura forestal de la selva y un sol rojizo que se despedía en el horizonte blanquecino.

La etimología de Guatemala, que es “lugar de árboles”, cobra aquí significado pleno. Al regresar, poco antes de oscurecer, miré desde la comodidad de una hamaca y con binoculares en mano el revoloteo de muchos pájaros, diurnos unos y nocturnos otros, incluido un carpintero de rojos vivos. Bondadosa fue la montaña conmigo, que me sabe admirador de aves.

Cenamos un plato muy generoso de espagueti y Juan Carlos, como siempre en todas las cenas, nos ofreció té de pimienta, que al parecer tiene bondades digestivas. Momento también en que cayeron potentes aguaceros que desde la tarde habían amenazado. Y cada quien instalado en su tienda se dispuso a recuperar energías. El ruido de la lluvia sobre el nylon, la luz de la linterna, el calor de mi sleeping y los truenos crearon un ambiente singular.

Toda la noche fue de lluvia y aún amaneció lloviendo el miércoles, situación que no impidió seguir con la agenda del día. Un impermeable fue el accesorio de batalla obligado. Eran las ocho de la mañana.

Entre otras, llegamos a las ruinas de La garra del Jaguar, decorada con mascarones y construida unos 200 años a.C. Se cree que este monumento fue una tumba dedicada a algún miembro del linaje gobernante. Destacando también unos frisos de los gemelos Hunapú e Ixbalanqué y otras
representaciones de la mitología Maya.

“El Mirador es un sitio que desde finales de los setentas se ha venido reconociendo, todo gracias al trabajo del doctor Hansen”, nos explica Juan Carlos. Recordé haber leído alguna entrevista de este
prestigioso arqueólogo estadounidense en la prensa. “La tecnología lidar, que es un escaneo del suelo, nos indica que estamos parados sobre enormes calzadas de 23 metros de ancho y varios
kilómetros de largo” complementó Raúl. Nos asombramos todos de esa sociedad del pasado que fue capaz de modificar el paisaje y cuyos misterios no se terminan de revelar y quizá nunca se pueda.

Juan Carlos nos señaló la enorme base de la estructura de La Danta, equivalente a 17 campos de futbol. Para ese momento había cesado la lluvia y nos encontrábamos al pie de las escalinatas que llevan a la cima. Entusiasmados, las subimos en unos cinco minutos. Y estábamos allá arriba, con la magnífica vista de un mundo de misterio verde. El cielo estaba nublado pero permitía ver el horizonte.

“La Danta es la pirámide más voluminosa del mundo antiguo y fue construida unos 350 años a.C.” nos refieren los guías. Varios fueron los minutos que permanecimos ahí arriba contemplando el mar verde, verde, verde, de las copas de los arboles; y si no es que descendemos los ojos se nos hubieran tornado verdes de tanto mirar y admirar la selva.

En el camino de regreso descubrimos un grupo de venados cola blanca que se ahuyentó con nuestra presencia, aunque el mayor de ellos en su huida atravesó el claro del camino dándonos oportunidad de apreciarlo en todo su esplendor aunque fuera por míseros instantes.

Fue una jornada de trepar montículos, palpar monumentos, fotografiar esculturas, apreciar mascarones y ver frisos. Nos atrevimos también a descender en algunas excavaciones, donde encontramos fuerte olor a humedad, murciélagos y un par de tarántulas.

Almorzamos en el campamento a las tres de la tarde y luego tuvimos un rato de tiempo libre. Me encontraba por los alrededores cuando presencié la llegada de otra expedición: 8 mulas y 15 aventureros. Ni uno más ni uno menos. Noruegos y holandeses la mayoría, confirmaría Héctor más tarde luego de platicar con algunos de ellos.

Ambrosio fue muy atento a las inconveniencias físicas de nosotros. Todos teníamos un dolor en las rodillas, propio del trekking, y algunos hasta ampollas en los pies. Asistió a varios con agua caliente
de plantas silvestres para aliviarles molestias de inflamación.

Entrada la noche y a la luz de gruesas candelas de cera, nuestra cena de envueltos de coliflor y el dichoso té de pimienta condujo a una animada conversación sobre tópicos sociales, políticos y económicos.

Era jueves de retorno. Nos despedimos del campamento que nos alojó dos noches. De vuelta ya solo nos acompañaba Juan Carlos, pero a la vez se agregó Matheu, un estadounidense residente en Boston. Aún con algo de oscuridad, nos dirigimos de vuelta hacia el Tintal.

Al principio la marcha iba a buen paso, casi a trote. Alrededor de las 10, yendo detrás de tres compañeros, descubro unas huellas grandes en el lodo fresco. En lo personal, me supo a momento especial.

Raúl y Amanda me acompañaron en la alegría fotografiando esa y dos pisadas más unos metros adelante. Eran de jaguar, el felino emblemático de las selvas del Petén. Tigre en el habla popular, Panthera onca para los estudiosos de la biología, Jish para los cazadores cakchiqueles, Balam en idioma maya. Como sea que se nombre, estábamos en sus dominios.

Huellas de Jaguar /  Foto: Raúl Lorenzana

Juan Carlos fue un señor dicharachero que de buen ánimo iba contando sus anécdotas de guía. De cuando fue chiclero, de cuando cortaba xate, de los peligros de la selva, de las plantas para hacer el bien… pero también de plantas que hacen el mal. Nos mostró el Chechen Negro (Metopium brownei), un árbol que apenas resguardarse bajo su sombra ocasiona fiebres, desequilibrios y alucinaciones.

Un cráneo de mula que habíamos visto en el camino de ida nos indicaba que estábamos cerca del campamento el Tintal. Finalmente llegamos a las dos de la tarde y fuimos recibidos con un pichel de jamaica, nachos y queso.

Tras descansar un rato, exploramos a un kilómetro de distancia donde hay un grupo de edificios conocido como la Acrópolis, que incluyen un probable escenario de juego de pelota. El Tintal fue una ciudad conformada por 850 edificios, siendo notorias todavía las excavaciones vandálicas cometidas por inescrupulosos traficantes de reliquias. Aquí hicimos un círculo para el intercambio de impresiones entre todos, reparando en el daño incalculable al patrimonio cultural que significan los saqueos de piedras o cerámica.

Al regreso, y luego de bañarnos, nos acercamos al comedor donde se ofrecía el famoso té de pimienta y deliciosos pastelitos de piña y de zanahoria elaborados allí mismo en el fogón, siendo
un agradable postre sorpresa.

Llama la atención que en ninguno de los dos campamentos que nos acogieron hay perros, pues sabido es que son uno de los bocados favoritos del tigre. Inclusive, nos contaron que el tigre ha cazado perros en el mismo corazón de la aldea Carmelita.

Llegó el viernes, nuestro último día en el monte. Debidamente desayunados, enfilamos por una ruta diferente a la de llegada.

A media hora de distancia nos desviamos 30 metros para observar un monolito como de tres metros de altura al que no se le ha encontrado significado o ubicación en un contexto. Poco después otro desvío hacia una ceiba (Ceiba pentandra) con tronco de 3 metros de diámetro y en cuyas raíces expuestas pareciera dibujarse la cabeza de un elefante.

A media mañana pasábamos por La Florida, “una aldea prehispánica donde se fabricaban herramientas de pedernal” nos explican los guías. Y muy cerca de allí, Matheu descubre una serpiente Nahuyaca (Borthrops atrox) de mediano tamaño a un lado del paso. Fue la novedad del
momento mientras Juan Carlos la sujetaba con su machete, sin hacerle daño. Es venenosa, a juzgar por su cabeza triangular, nos aclara Raúl. Y fue liberada para que siguiera su camino entre las hojas y bajo los arbustos y cumpliera su función de utilidad en el ecosistema.

Llegamos poco después a un área dificultosa para el avance, ya que la lluvia de dos días antes todavía se reposaba en el camino a consecuencia de ser un suelo calcáreo a prueba de filtraciones.
Fueron como dos horas de lentitud, batallando con agua, lodo, palos, zancudos, bejucos, barro pegajoso, espinas, hormigas.

“Ya falta poco” nos animaba Juan Carlos, tal vez notando que íbamos ya agotados aunque no lo admitiéramos.

En las alturas, por varios minutos los chillidos de un gavilán sonaron como notas de despedida a la expedición.

Al mediodía, ya en un bosque más despejado y amigable aparece a media cuadra un camino muy ancho, compacto y seco. Una caminata de 80 kilómetros finalizaba exitosa. Y cada paso había valido la pena en esa experiencia de cinco días en la jungla desconectados del mundo exterior.

Los últimos metros los apresuramos con entusiasmos infantiles. ¡De vuelta en Carmelita!
© MARLON IBOY GARCÍA

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